Del Desfile de Silleteros puede afirmarse que se trata de una gigantesca puesta en escena, una dramaturgia colectiva que transcurre ante los espectadores como una secuencia de episodios que en su totalidad narran una historia, y mediante la cual Medellín se proyecta ante el mundo con su rostro más festivo.

El esquema básico del desfile proviene de antiguos y venerados modelos religiosos, en particular el desfile del Corpus Christi, cuya pomposidad y colorido fueron famosos en el Medellín de la primera mitad del siglo veinte. Sus ingredientes centrales aludían a la profusión de altares atiborrados de artísticos arreglos florales y, además, la profusión de arcos, tapetes floridos, guirnaldas y coronas en las calles centrales de la ciudad. Desde aquellos años, por gestión de los clubes de jardinería y de las damas del Cuadro de Honor de la Sociedad de Mejoras Públicas, se hacían sobrevuelos en aviones militares, esparciendo pétalos y flores sobre las multitudes.

Muchas crónicas y novelas se deleitaron describiendo los preparativos de estos altares y arcadas de los lugares por donde pasaría la procesión, encabezada por las jerarquías eclesiásticas, civiles, militares y académicas de la ciudad, y con la disciplinada asistencia de todos los estamentos sociales, cuya marcha cerraban los gremios de artesanos y los sindicatos de trabajadores. Era un honor participar en tales eventos y Medellín en pleno lucía como un gran tapete floral. La memoria fotográfica de la ciudad da testimonio de las multitudes y de su fervor en tales procesiones saturadas de flores.

El entorno rural de Medellín entró, poco a poco, a formar parte del ceremonial urbano, a partir del momento en que los organizadores de la Fiesta de las Flores, por intermedio de unos comerciantes de flores de la plaza de mercado de Cisneros, invitaron a un grupo de silleteros, de aquellos que bajaban de Santa Elena y se situaban en atrios de iglesias y otras plazas de mercado, o recorrían algunos barrios de la ciudad, para que, con sus respectivas silletas florales, hicieran un breve recorrido en el corazón de Medellín.

 

Esto ocurre en mayo de 1957, cuando se presentó la primera exhibición de silletas con flores en el parque de Bolívar, como un número más de la Fiesta de las Flores de ese año. Esos primeros silleteros, algunos de los cuales viven aún, ostentan desde esa fecha el reconocimiento como fundadores del desfile, que se reanuda tres años después como la Fiesta de la Libertad y de las Flores, con la segunda aparición de los silleteros como espectáculo destacado dentro de la celebración.

El gran impacto social y estético de estos humildes personajes rurales y de su vistosa carga, como uno de los protagonistas de la Fiesta de la Libertad y de las Flores, se tradujo de inmediato en un importante despliegue de fotografías en la prensa local y nacional, así como en los noticieros de cine y de televisión. El Desfile de Silleteros había llegado para quedarse y permanecer en el corazón de la nación como un espectáculo excepcional en el calendario festivo colombiano.

Los recorridos iniciales de los desfiles de las primeras ferias emulaban la estructura y el tránsito por los lugares ya establecidos por el modelo religioso, y culminaban en el atrio de la Catedral de Villanueva. La monumentalidad de los altares del modelo religioso se transfirió gradualmente a la monumentalidad de las silletas del ceremonial cívico de la feria. En ambos casos, el tema floral subrayaba la disposición ceremonial de la población hacia lo sacro y lo profano.

El desfile siempre ha transcurrido por escenarios que destacan atributos arquitectónicos y urbanísticos de la ciudad, desde los ejes tradicionales de la vida social y comercial de Medellín, hasta las manifestaciones contemporáneas del espacio público y los nuevos emblemas de la ciudad del siglo veintiuno. En su trayectoria, el desfile realza y magnifica todo a su paso, lo que explica el atractivo que representa el espectáculo para las cámaras de los turistas y de la televisión. Sin discusión, el desfile se convirtió rápidamente en la imagen de postal más reconocida de Medellín, la ciudad de las flores.

De este modo, los recorridos definidos por la organización del Desfile de Silleteros han exaltado los trayectos más simbólicos del urbanismo, acompañando el proceso de transformaciones de Medellín: los silleteros en su desfile se han paseado por La Playa, por Junín, por Caracas, por Juan del Corral, por la Oriental, por Palacé, por Colombia y por San Juan, y han culminado en la Catedral Basílica Metropolitana, en el Jardín Botánico, en la Plaza de Ferias, en el Estadio Atanasio Girardot, en el SENA, en el Parque de los Pies Descalzos y en el Centro Administrativo La Alpujarra. Año tras año, ha sido la rúbrica de la Feria de las Flores en una ciudad que cambia y que a la vez permanece en sus tradiciones festivas más arraigadas.

El desfile ostenta, desde el 26 de septiembre de 2006, la condición de ‘Patrimonio Cultural de laNación’, por decreto de honores del Congreso de la República. Tal exaltación marca la preponderancia de los aspectos inmateriales de su contenido festivo, que se expresan en la tradición artesanal de los arreglos, en las músicas, las comparsas, las danzas, manifestaciones que en su conjunto testimonian destrezas, habilidades y saberes que se han conservado dinámicamente con el transcurso del tiempo. Pero, por encima de todo, este reconocimiento, como bien patrimonial de la nación, acentúa el reconocimiento al proceso de elaboración manual de las silletas y su permanencia en la tradición del desfile.

El orden de marcha que el desfile conserva y los segmentos que lo constituyen expresan una jerarquía de motivos escénicos y una secuencia de acontecimientos que atraen la atención del público sobre el despliegue de energía, vigor, plasticidad y coordinación que exhiben los diferentes grupos que se desplazan por las calles y avenidas céntricas de la capital antioqueña.

La marcha posee ritmos que contrastan. Bien puede decirse que el lento paso de los silleteros y silleteras, bajo el agobio de la carga a sus espaldas, subraya el esfuerzo del trabajo físico y la callada labor del campesino en el surco de las montañas, frente al tronar de trompetas y tambores escolares o junto a la jovialidad y alegría de las danzas que enmarcan el recorrido de cada segmento de silletas, provocando en el público vibrantes emociones.

Los diversos grupos folclóricos de música y danzas que se intercalan entre las silletas en movimiento son, principalmente, bandas marciales escolares y chirimías o conjuntos musicales tradicionales, como también escuelas y agrupaciones de danzas, algunas pertenecientes a empresas o a entidades gubernamentales. La presencia de estos grupos anima ampliamente el desfile, al obsequiar al público hermosas coreografías colombianas, con un espectacular despliegue de trajes regionales que añaden colorido y arte al alegre y bullicioso recorrido de cada uno de los pasos o números que componen esta caravana de alegría. En los últimos años se han incorporado comparsas o representaciones escénicas de otras festividades especialmente invitadas, como ha sido el caso del Carnaval de Barranquilla o del Carnaval de Negros y Blancos, de Pasto.

El imponente Desfile de Silleteros, que llega hoy a sus 50 años, se cierra con la sirena del antiguo carro de bomberos, anunciando que el telón desciende tras el desfile hasta el año que viene.