Despunta la mañana, los rayos de sol tiñen el horizonte de un intenso naranja mientras la bruma y las nubes se ciernen abajo, ocultando la visión de la ciudad. Santa Elena, trasnochadora y laboriosa, madruga a cumplir su cita anual con la Feria de las Flores.

 

Es el día del desfile, y en corredores, patios y jardines se dan los últimos toques a las silletas ya armadas desde la víspera. Con esmero se ponen en el entramado las flores más delicadas, para asegurar su frescura y atractivo hasta el final de la tarde, cuando concluye el Desfile de Silleteros.

Prevalece un ambiente de nerviosa despedida, de estar a punto, para hacer parte de una importante ceremonia. No se habla de otra cosa mientras todos se engalanan y acicalan. Es un día para estrenar; surge la esplendorosa mañana con su intenso azul. Los recuerdos de desfiles pasados se avivan y crece el anhelo de obtener alguno de los galardones que entregarán los jurados a las silletas ganadoras. En todas las casas de Santa Elena ronda en labios y corazones el “esta vez sí”. Hay tiempo para posar y fijar el recuerdo en el álbum familiar.

Es el momento de la partida y el primer desfile, el más auténtico, emerge de todos los rincones de las veredas. Se escuchan aplausos, surgen algunos vítores y la emoción se eleva en el adiós de quienes permanecerán en casa, contemplando por televisión el paso de sus entrañables parientes.

En el ritual de la salida cada casa se muestra ante las demás en la intimidad del espacio comunitario, en el goce de su propio desfile, sin jueces ni muchedumbres. En las espaldas se balancea rítmicamente el peso de las silletas, expresión de identidad.

Santa Elena se vuelve un reguero de despedidas, un rosario de fragancias y colores en movimiento, un nudo de abrazos que permanecen adheridos a la piel. Los silleteros avanzan con el corazón acelerado para acudir a la cita anual con una ciudad y un país que serinden embelezados ante la afirmación de la vida y de la esperanza, que se despliegan en un mar de silletas en movimiento.

Lentamente, los silleteros van llegando a la carretera principal, a los puntos donde volquetas, camiones y chivas recogerán la preciosa y frágil carga. Allí se concentran algunos vecinos y parientes, quienes, en medio de la algarabía, entrecruzan abrazos y felicitaciones. Subsiste la tensión, porque del cuidado que se ponga al acomodar las silletas y de las precauciones durante el viaje a la ciudad dependerá, en gran medida, el efecto ante el público y los jurados.

En este escenario al aire libre aparecen las escaleras o chivas, con su cargamento de silletas bien aseguradas, que duplican el colorido interior y exterior en una impactante visión que integra el singular diseño de las carrocerías con el de las silletas aferradas al capacete, o cómodamente abrazadas a los soportes interiores del vehículo. Pocas veces, como en esta ocasión, podrán verse rodar juntas estas multicolores expresiones populares, chivas y silletas, devolviendo las manecillas de la memoria social, enlazadas ahora por el espíritu de una festividad que, de paso, rinde tributo a una historia del transporte.

Las Silletas Monumentales, esas espléndidas obras, requieren cada una de un enorme vehículo para su viaje, lo que genera otro espectáculo: el de la caravana de volquetas que, por el serpenteante recorrido hacia Medellín, con la urbe al fondo y las montañas como marco, esparcen sobre la ciudad una auténtica avalancha floral.