En los días y las horas próximas al desfile se intensifican los lazos sociales, y los contactos entre las casas de las veredas dan la impresión de un hormiguero en el que convergen todas las labores de la construcción de las estructuras de las silletas, la composición de los arreglos florales y la puesta a punto de los atuendos tradicionales que se lucirán durante el desfile. En una cordial competencia, que alienta la cooperación más que el egoísmo, entran en juego el honor de cada familia y el renombre de la vereda.

 

Ser silletero o silletera equivale a una representación colectiva. Igual ocurre con la silleta concluida. En ambos casos, el proceso de participación y de elaboración no se restringe a una sola persona. El decorado armazón de madera condensa un trabajo plural familiar, en diversas fases y durante varios días, producto de un esfuerzo colectivo cargado de afecto y de la ilusión del triunfo.

Ocurre, entonces, que quien coloca los manojos de flores en el entramado de la silleta puede no ser la misma persona que diseñó el arreglo o la composición, ni tampoco necesariamente coincidir con quien armó el soporte de madera de la silleta o con quien cuidó durante meses el jardín de donde salieron las flores. Cada quien saca a flote toda la experiencia adquirida para hacer de cada detalle de la compleja labor de construcción y ornamentación de la silleta una manifestación de creatividad.

Poder contemplar esta actividad, a veces muy intensa, a veces muy serena, produce asombro y admiración en quienes visitan las veredas durante la víspera. Allí se hace visible la distribución de responsabilidades, que en cada núcleo de parientes forma especialistas, cuyas funciones complementarias y sucesivas se entrelazan en una armonía y laboriosidad extraordinarias.

Hay muchas maneras de acompañar este proceso del día y la noche anterior; centenares de personas, en los últimos años, organizan excursiones o pagan servicios especiales de turismo para compartir lavíspera, en un rincón de cualquier vereda, y apreciar la activación de esos lazos de sangre y amistad que hacen transcurrir la noche en una singular combinación de emociones que expresan el frenesí y la ansiedad propios de toda víspera festiva.

Los armazones están listos desde hace algunos días, ubicados en sitios estratégicos de las viviendas; los patios de las casas, los sombreados corredores y el área social de las viviendas se transmutan en laboratorios de cooperación y responsabilidad, donde cada quien sabe lo que debe hacer. Los mayores lo aprendieron desde niños, y los nietos y bisnietos que participarán como silleteritos emprenden ahora un aprendizaje intensivo que esa noche se convierte en un auténtico rito de iniciación.

Los manojos de flores se han preservado en baldes con agua y a la sombra para mantenerlos frescos. En cajas aparte, cuidadosamente seleccionadas, se amontonan ramilletes de flores de exportación que complementarán la ornamentación de la silleta y que alguien se ocupa de recortar, reagrupar y poner a punto para su colocación.

 

En las cocinas, los fogones permanecen al rojo vivo; algunas parrillas calientan arepas; de la casa vecina provienen aromas de asado; en ollas enormes hay caldo, sancocho o fríjoles listos para compartir; alguien ofrece una taza de aguapanela caliente, acompañada de una tajada de quesito; el de más allá brinda y comparte un aguardiente; de los radios y equipos de sonido brotan ritmos musicales alegres, y no es extraño que aparezca una guitarra que anime la improvisación de unas trovas.

Los niños disfrutan al máximo este ambiente, los vecinos y otros parientes venidos de más lejos se visitan y se entremezclan con los forasteros que se aglomeran en torno a las delicadas faenas relacionadas con los toques definitivos del arreglo floral. Las cámaras fotográficas y de video registran detalles y gestos. La lozanía de las flores se muestra en esta fase de la fiesta en todo su esplendor. Ruanas, bufandas y abrigadores suéteres protegen del frío del amanecer. Poco o nada se duerme esta noche, y la víspera se convierte, hasta el último instante, en una vigilia activa, llena de algarabía, cordialidad y buenos augurios.

La Feria de las Flores tiene un rostro rural amable y acogedor, que expresa sus virtudes anfitrionas en el alegre anochecer y amanecer que anteceden al Desfile de Silleteros.